Análisis: Banco Sabadell vale menos de la mitad de lo que se ha gastado en adquirir otros bancos

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Jaume Guardiola y Josep Oliu, consejero delegado y president del Sabadell

Era finales de marzo, en mitad de los últimos coletazos del invierno, cuando Josep Oliu, presidente de Banco Sabadell, y Paul Pester, director general de TSB, oficializaban a través de una rueda de prensa en perfecta sintonía la entrada de la entidad del Vallés en el mercado británico con la adquisición del denominado Trustee Saving Bank al gigante Lloyds, por el ‘módico’ precio de 2.350 millones.

La operación en Reino Unido fue la última de una larga lista de adquisiciones, fusiones e integraciones que ha realizado Banco Sabadell en las últimas décadas, de cara a colocarse entre los grandes bancos españoles. Un objetivo que ha logrado a base de talonario, la entidad catalana es la cuarta más grande de España por volumen de activos, aunque a un coste muy alto para sus accionistas, y es que pese a las compras ha reducido a más de la mitad su valor.

Desde que Sabadell adquiriese, en 1996, Banco Asturias por cerca de 22.000 millones de las antiguas pesetas (unos 132 millones de euros), la entidad no ha parado de crecer a base de tirar de chequera. A la entidad asturiana le siguió Banco Herrero (672 millones de euros), Banco Atlántico (1.500 millones de euros), Banco Urquijo (760 millones) y las más recientes: como tragarse Caja del Mediterráneo entera y TSB, por no olvidar las compras extrajeras más residuales como Banco Bajío de México, Banco Financiero de la República Dominicana o Transatlantic Bank of Miami.

En total, el ansia de crecer a cualquier precio de Banco Sabadell le ha costado cerca de 11.500 millones de euros. El resultado inmediato de tal caminata es una inmensa pérdida de valor para sus accionistas que habían confiado en la entidad del Vallés para salvaguardar sus ahorros, ya que en la actualidad apenas vale 5.300 millones (menos de la mitad del dinero que ha inyectado para incrementar su balance) después de haber traspasado en este 2019 sus mínimos históricos.

La firma presidida por Josep Oliu es uno de los valores más castigados en los últimos años en bolsa, para desgracia de sus accionistas. El 2018 fue especialmente funesto para Banco Sabadell con un desplome que se acercó al 40%, una cifra que supera holgadamente las que sufrió la entidad en algunos de los peores momentos que ha vivido el sector en la última década: el 2012 (con España al borde del rescate) se dejó un 32,6%, mientras que en el 2008 (mientras el sistema financiero mundial se tambaleaba) la caída alcanzó el 34,5%.

Sabadell vale menos que las ayudas públicas recibidas

Curiosamente, los apenas 5.300 millones de euros de capitalización que tiene en la actualidad Banco Sabadell no llega (siquiera) a la cantidad de dinero que le inyectó indirectamente el Estado, cuando absorbió La Caja del Mediterráneo. La CAM fue otro de esos ejemplos paradigmáticos de las muchas cosas mal que se hicieron en España, una caja completamente quebrada (con un balance repleto de créditos promotores e hipotecarios con un 50% de mora) que se endosó a otra entidad a cambio de una ingente cantidad de fondos públicos.

La única manera de colocar la caja valenciana fue con lo que se denominó ‘Esquema de Protección de Activos’, esto era una garantía del estado para sufragar con dinero público los miles de millones de euros de pérdidas que generarían sus activos tóxicos. Las primeras estimaciones que se hicieron (en las que se puso en relación su cartera de préstamos y su morosidad) fue que las pérdidas alcanzarían los 9.000 millones de euros y se amortizaron de la siguiente manera: los primeros 3.900 se pagaban con una inyección del Estado de 2.800 millones junto a las provisiones de la propia caja, los siguientes 2.500 millones se repartían un 20% asumidos por Sabadell y un 80% con dinero público y de ahí en adelante, la entidad catalana asumiría un 10% de cada euro de pérdidas adicionales y el resto el Estado. En total, la cifra final de dinero público se acerca más a los 6.000 millones que al valor actual del banco.

Una de las rentabilidades más bajas del sector

Uno de los grandes retos a los que se enfrenta el sector bancario en los últimos años es el de recuperar los niveles de rentabilidad (medido como beneficios entre fondos propios y más conocido bajo las siglas ROE) que mantenían años atrás, una situación difícil por dos motivos: por un lado, porque los tipos de interés llevan años en negativo, por otro que las exigencias de capital por parte de los reguladores son más altas que nunca. En definitiva, que si las firmas quieren recuperar las cifras antiguas de revalorización deben ser muy cuidadosas y apostar por aquellos negocios que les generen el mayor rendimiento posible.

Una situación que es totalmente opuesta a la filosofía adoptada por la directiva de Banco Sabadell de ‘crecer a cualquier coste’. De hecho, el ROE de la firma del Vallés en 2018 fue el más bajo en los últimos 6 años, con un 2,6%, mientras que los últimos, pese a ser más altos, han sido decepcionantes: en 2017 fue del 6,1%, en 2016 alcanzó el 6,34% y en 2015 el 5,38%. Las cifras anteriores, no solo son muy bajas (los inversores estiman como aceptable la horquilla que se mueve entre el 12 y el 15%), sino que no llega ni a cubrir el coste de capital que estaría cercano al 10%.

Al final, cuando una empresa (más si se trata de un banco) no es capaz de generar una rentabilidad por encima del coste de capital se hace más pequeña y su valor en bolsa cae con fuerza, ya que los títulos empiezan a cotizar muy por debajo de su valor en libros (patrimonio neto de la entidad). Lo cual es lógico, ya que lo anterior significa que por cada euro que se gastó Sabadell en 2018 recogió 26 céntimos, una ruina que están sufragando los accionistas.

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