11-M de 2004: El día en que todo se fue al guano.

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Hemos tardado 100 años en tener constancia, porque conocerlo ya lo conocíamos, que el Mayne, barco de guerra norteamericano hundido en el puerto de La Habana y que fue el “casus belli” de la declaración guerra contra a España, fue explosionado, no por los españoles, ni siquiera por los rebeldes cubanos, sino por causa de los propios norteamericanos que necesitaban una excusa para que su opinión pública aceptara entrar en guerra directa contra España. Aún no había explosionado el barco, desde dentro hacia a fuera, cuando la prensa de Nueva York informaba del hecho e iniciaba una feroz campaña para caldear a la opinión pública y que fuera ésta la que pidiera lo que los grandes intereses económicos norteamericanos buscaban desde hacía décadas, la anexión de Cuba a Estados Unidos y así,  en aplicación de la doctrina de que América había de ser para los americanos, se quedaron con Cuba y ya de paso también con Puerto Rico, que quería seguir siendo española, en el Caribe y en el otro lado del mundo Las Filipinas y la Isla de Guam, en el Pacífico.

El acuerdo político final que llevó al tratado de París, fue concertado por la masonería anglosajona, a la cual debían su carta patente y obediencia las logias españolas a las que pertenecían gran parte de miembros del Gobierno y de las Cortes  de la época. El inicio de las hostilidades fue desastroso para los norteamericanos, el desembarco en la playa de Daikiri se saldó con tantas bajas para los mismos que el mando militar pidió permiso a su gobierno para reembarcar las tropas y volver a Florida. Estados Unidos minusvaloró a una pequeña nación de tan sólo 18 millones de habitantes que mantenía en Cuba el mayor ejercito que jamás ha cruzado el Atlántico de aquí para allá, doscientos mil soldados veteranos ejercitados en la lucha con los independentistas cubanos durante la llamada Guerra de los diez años.

Las logias se reunieron y llegaron a la conclusión: Estados Unidos no podía desalojar por las bravas al ejercito español en Cuba, el precio a pagar en sangre sería altísimo y la opinión pública norteamericana no lo soportaría. Por otro lado España estaba muy lejos y la defensa de Cuba a ultranza implicaría su ruina económica. En logia se buscó y en logia se encontró una causa que salvara el honor de la nación y al mismo tiempo venciera la oposición  del ejército, hasta entonces invencido, a abandonar la Isla.

-Dónde tenemos la Flota?
– En la bahía de Santiago, a salvo de la Flota enemiga
– Para ganar la paz necesitamos perder la Flota, que los barcos abandonen la
Bahía de Santiago.

Al otro lado del mundo, en Manila,  se llegó a un acuerdo entre los comandantes de ambos ejércitos, repitiendo como modelo el mismo acuerdo masónico de que nos habla Benito Pérez Galdós de cómo se solventó en 1824 la batalla de Ayacucho que puso fin a las guerras de independencia hispanoamericanas:

-Ustedes se retiran unas decenas de metros.
-Nosotros bombardeamos intensamente la primera línea.
Ustedes se rinden tras haber salvado el honor.

En ese momento esta pequeña nación, que entonces no sumaba más de 18 millones de habitantes dejó de contar para la historia.

El amable lector que ha llegado hasta aquí se preguntará, ¿qué tiene que ver todo lo anterior con el 11-M ?. Tiene mucho que ver. El amable lector habrá oído alguna vez la expresión “más se perdió en Cuba”, esa expresión ya la podemos cambiar por la más actual de “más se perdió en el 11-M”, donde los medios de comunicación jugaron similar papel: allí para para poder atacar a España y aquí para que España se rindiera sin preguntar.

Nunca a lo largo de todo el siglo XX España había alcanzado el desarrollo y el alto nivel de vida de sus ciudadanos como el que se tenía en marzo de 2004, nunca antes aquí tanta gente vivía tan bien, la pobreza prácticamente había sido erradicada.

Nunca antes a lo largo del Siglo XX España había alcanzado el nivel de influencia internacional que tenía en marzo de 2004. Con al apoyo de Polonia España había conseguido tener más peso en la Unión Europea que la mismísima Francia, e incluso había despazado a ésta como socio preferente de los Estados Unidos.

Tras el 11-M lo primero que hicieron las  nuevas autoridades fue renunciar voluntariamente en favor de Francia, a ese plus de poder que se había conseguido con el apoyo de Polonia y lo segundo que hicieron las nuevas autoridades, con aplauso simplón de la gente y siguiendo el manual ideado en Ayacucho y reiterado en Cuba y en Manila, fué retirar al país la primera línea de fuego, aunque esta vez sin tan siquiera intentar salvar ni el honor ni las formas.

Quizás dentro de 100 años, como hemos tenido que esperar para saber la verdad sobre el Mayne, sepamos la verdad del 11-M, y entonces nos expliquen que no fue un atentado sino un acto de guerra, y no digo más salvo el viejo aforismo latino cui bono, quid prodest, a quien beneficia.

La cobardía mostrada por la nación aquellos fatídicos días, llevamos 15 años pagándola. Hemos dejado de pintar algo en el concierto de las naciones y nuestro nivel de vida colectivo no sólo no avanza sino que no deja de retroceder. Piense el lector cómo vivía él mismo y su familia el 2004 y alcanzará a comprender cuando se ha perdido en estos quince años.

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