Aplec devaluado: También echa en falta el homenaje a las víctimas del nazismo, que hoy cumpliría 30 años

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Hoy, precisamente, se cumplen 30 años de la inauguración junto a la Salut, en 1989, del monumento a las víctimas del nazismo, iniciativa de la Amical de Mathausen realizada por Antoni Farrés, entonces alcalde. Y sin embargo, por primera vez en estos años, el homenaje a las víctimas del nazismo ha caído del programa del Aplec. Se le ha echado muy en falta.

Los partidos de la oposición municipal, de Junts x Sabadell al PP pasando por Ciutadans y el PSC, aseguran que el homenaje volverá al Aplech, y lo de hoy no volverá a repetirse. No solo por tratarse de vísperas electorales. El acto, tras la misa votiva en el Santuario, ha arraigado en el programa y sentido de la festividad sabadellense, y por ello la conciencia ciudadana.

Lo ha impedido una aún reciente decisión del gobierno municipal ahora en funciones (ERC, Crida-Cup, el ahora 100% Sabadell y Unitat pel Canvi, coalición de ICV-EUiA y Podem). En concreto el teniente de alcalde Territori y ahora alcaldable por ERC, Juli Fernández, llevó el monumento a la plaza Montserrat Roig, junto a la Avenida de Barberà, recién remodelada.

Desvestir un santo para vestir otro. La pieza monumental sirvió así, este enero, para dar ambiente al acto inaugural de la remodelación de la plaza al caso. Iria, y así fue o mejor dicho se la llevaron, porque entre las obras de Montserrat Roig, destaca su imprescindible “Els catalans als camps nazis”, que documentó durante el franquismo y publicó en 1977.

Justo junto al lugar que ocupó el monumento, en el camino entre el cementerio y la Salut, ERC y con él Juli Fernández ha sido hoy uno de los pocos partidos que ha plantado banderola y ha hecho propaganda electoral en el Aplec. Sus rivales no se lo han tomado en cuenta, pero sí han expresado su voluntad de volver a reencontrarse ante el monumento a las víctimas del nazismo.

En la Amical de Mathausen, formada por los antiguos deportados, la idea de este y otros monumentos, ya centenares en toda España, partió del entrañable Lluís Escuer Gomis, muy añorado en Sabadell, que tras regresar del exilio se avecindó en Sentmenat junto a su no menos entrañable compañera Costanza Martínez, también exdeportada.

Durante años, él y su compañera recorrieron las escuelas de Sabadell y otras poblaciones, con un humilde proyector de 8 milímetros y viejas filmaciones en blanco y negro en las que explicaban aquello, el nazismo, al que no solo ellos sobrevieron. Sobrevivió la humanidad digna de tal nombre, y así lo contaban a las nuevas generaciones, en primera persona.

LLuís Escuer (Cornudella de Montsant, 1914-Sentmenat, 2004), animó en 1977 la fundación de la Amical y la presidió entre 1994 y 2002. Su funeral civil, en el salón de la Societat Coral La Glòria Sentmenatenca, queda en la historia de la vecina población, casi a la vista desde la Salut. En Sentmenat, una sala de la biblioteca lleva desde entonces su nombre.

En las fiestas, populares o familiares, se suele echar en falta a los ausentes. La de Salut no deja de ir mucho en ello. El culto a esta advocación, “Mare de Déu trobada” en el torrente cercano, durante una de aquellas pestes del siglo XVII, tiene a la muerte en su contrafigura: Los milagros que salvan vidas en la agonía, no solo en las enfermedades.

En la Ilustración, a finales del XVIII, el Aplec dejó de celebrarse, en medio de disputas entre el Ayuntamiento, propietario y protector de la ermita, y la parroquia de Sant Fèlix, que en el espíritu del siglo de las luces aspirava a piedades no tan espontaneas ni milagreras en lo barroco También contribuyó a la crisis la figura del ermitaño, municipal, a la vez marginal y alcohólico.

El Aplec renació sobre 1845, justo cuando los vapores y la disciplina fabril empezaban a implantarse en Sabadell. El mejor observador de esta fiesta sabadellense, el historiador italiano Gabrielle Ranzato, lo documenta en su imprescindible libro “La aventura de una ciudad industrial”. Al mismo tiempo y circunstancia, nació el concurso de pájaros cantores.

La nostalgia de quienes, en las fábricas y entre las máquinas, habían sido segregados del verde o de la libertad de los pájaros, vino a deducir hace más de treinta años el historiador de la Universidad de Pisa, que vino expresamente a Sabadell para estudiar la historia de este Sabadell. Aunque discutido, incluso despues por él mismo, su libro es imprescindible.

La edad del oro del Aplec se produjo a mediados del XIX, cuando fue la fiesta de Sabadell por excelencia. Más por los bailes y funciones incluso taurinas en el nucleo urbano, teatro y salones, que por la “fiesta campestre” junto a la ermita, al “son de la flauta y el tamboril, la gaita y la pandereta”, al son de seguidillas boleras, que describó entonces Víctor Balaguer.

Durante el Aplec, el de 1851 y el de 1852, Sabadell fue la primera población de España que, aún siendo entonces muy secundaria y sin tener puerto de mar, estrenó la iluminación por Gas, el primer año como ensayo y al siguiente como definitiva. Toda la prensa de Barcelona se hizo eco de ello, y por ello el testimonio que Víctor Balaguer dejó entonces por escrito.

La epidemia de cólera de 1856 y el voto municipal que se cumple desde entonces en la misa solemne del Aplec, señalaron el retorno del Ayuntamiento a la fiesta, y su oficialización que perdura. Todo ello en una fiesta que aún funde lo popular y lo oficial, lo religioso y un cierto atavismo en lo profano. Lo más auténtico y genuino siguen siendo los feriantes, y el pueblo.

Pero ahora, muy disminuida. Las ideologias tradicionalistas municipales del actual regimen, en el catalanismo, han suprimido los actos en la ciudad y folklorizado los del santuario. La fiesta sigue viva, y atrae tanto o más a los sabadellenses de los barrios que a los de “toda la vida”, pero a la vez se vuelve extraña. Incluso la prensa local parece tender a dejarla de lado.

Encajan, en el Aplec y en la Salut, el homenaje a las víctimas del nazismo, y ahí también los sabadellenses deportados o los masacrados en el exilio,entre los cuales hubo incluso dos niñas de la Creu de Barberà en la espeluznante matanza de Odour sur Glane a cargo de la division Germania de las SS. El Aplec es un momento para los recuerdos y las esperanzas.

La imagen del joven sabadellense, soldado en Africa, que volvía a la Salut para agradecer su supervivencia en las guerras de Marruecos es, por ejemplo, una de las más vívidas en el sainete local “L’Encís de Can Feu”, obra que el sabadellense Joan Serracant Manau estrenó en el Euterpe en 1927. Republicano entonces, después fue delegado del Nodo en Barcelona.

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