Claro que el Mercado de Campoamor debe ser derribado. Pero para construir un barrio, no solo un teatro

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Tal como se abolió la esclavitud o se descubrieron los antibióticos, hechos ambos producto de la historia, habrá que demoler el llamado Merca-80 Campoamor, peor que insostenible. Construir un teatro en su lugar, tampoco es ninguna alternativa en si misma, por mucho que la alcaldesa se haya obcecado en ello, tire para ello del poder municipal sobre entidades vecinales y la idea, por así llamarla, sea peor en términos de ciudad que un capricho de su concejal de Cultura, Carles de la Rosa, más que de ese cierto amateurismo parroquial en su raíz del cual procede. Se tienen por “la cultura de Sabadell”. Y la soberbia es pecado capital.

Lo que hay que hacer es un barrio, o por lo menos una barriada, entre el Paseo Espronceda, la calle Goya, la de los Reyes Católicos, la de Leornardo da Vinci y la de don Esteban Paluzie y Catntalozella, quien más que una calle merecería aquí un monumento. Una barriada con su vecindario, sus calles, comercios y desde luego un escenario digno de tal nombre, tanto más porque al sur de la Gran Vía no hay ninguno y desde la demolición del Rex en Merinales y el Euterpe en la Rambla, por no ir más allá, quizá tampoco lo haya en el resto de la ciudad.

El Merca-80 Campoamor es de lo peor, por mal puesto y por tanto el mal resultado, en todo un gran espacio suburbial, de entre cinco o siete hectareas según se mire y calcule, donde no hay ni calles, salvo en parte las de Concha Espina, Pardo Bazán y Magí Colet, ni tampoco vecinos, claro está. Son terrenos que hará más de medio siglo adquirió el estado, entonces franquista, mediante el Ministerio de la Vivienda o la Obra Sindical del Hogar, y abandonó porque, en aquellas, cambió de política: la de “convertir a los proletarios en propietarios” y hacer de las viviendas de protección oficial un producto al lucro de empresas inmobiliarias

Desde el final del franquismo, y aún bajo aquel régimen, toda esa gran pieza de suelo ha devenido en cajón de sastre donde a base de impulsos, no siempre oportunidades, y sin apenas un plano de calles ni níngún planeamiento previo y global se fueron construyendo equipamientos sociales en el más absoluto desorden. Se trataba y trata de suelo público, primero del estado central y después la Generalitat. Aunque en algunos casos la Generalitat cobró por ello, los precios no eran los del mercado libre de suelo. Y se edificaron donde se le antojó al concejal de turno.

Claro que el Mercado de Campoamor debe ser derribado. Pero para construir un barrio, no solo un teatro 1
Hay solares aún por edificar, no solo junto a la calle Reyes Católicos, además del Merca-80 de marras. Quizá tres o cuatro hectareas. Y, en medio o las puntas, el descomunal montón de equipamientos sin conectar entre sí y, lo que es peor, sin relación con las tramas urbanas de los barrios colindantes, salvo la del añadido o “pegote” en el decir del barrio. Ahí están, entre el caos urbano más extremo, el Institut Ribot i Serra, el Centro de Salud, el Pavelló del Sud, una piscina municipal, el campo de futbol, el Casal Rogelio Soto y el mercado, claro.

El mercado es lo más crítico, por no decir paródico. Para solo 4 paradistas, ocupa cuatro o cinco mil metros cuadrados, más otros dos mil de aparcamientos al aire libre. Una burrada. Construido en el primer mandato de Antoni Farrés en la alcadía, mediante una oferta de la empresa pública Mercasa que también dio origen a los de Merinals y Torre-romeu, ni tiene vida, ni la tuvo, ni ha animado el comercio de proximidad en la zona. Bien al contrario, el Sur de la ciudad ve ahora proliferar grandes supermercados en el segmento del bajo precio.

Y aquí, el problema de fondo: el empobrecimiento de toda esta zona de la ciudad, a causa de la crisis económica, y asimismo de sus carencias en configuración urbanística y en calidad de las viviendas. Van desde el Polígono Espronceda o los Grupos Sant Pau, en el franquismo más duro, a lo que la Caixa de Sabadell llamó al edificarlas “casas ultrabaratas”, o sea casi chabolas (las de la barriada de Fátima), a las casas de autoconstrucción de la antigua Creu de Barberà, en general más viejas y pequeñas que las del Llano de Can Puiggener, la Planada o el Torrent del Capellà.

Los indices en cuanto a rentas familiares o el envejecimiento de la población completarían el cuadro, y justificarán con creces una intervención urbanística, con la vivienda social como centro y una imprescindible voluntad de articulación urbana, mucho más conveniente que la simple e imprescindible demolición de Merca-80 Campoamor. O ese teatro que, tal como se ve venir, suena a émulo de la Sala Miguel Hernández de Ca n’Oriac, aquella desvinculada no solo de su barrio, y dominada desde sus inicios por el proyecto ideológico que para los niños alumbró Òmnium Cultural. De Farrés a Bustos, y lo que ahora haya, allí no hay más que eso.

Lo que hay que hacer es abrir calles, poner aceras y construir una barriada con viviendas que integre y de sentido a ese caos de equipamientos caidos a la babalá, que aporte calidad de vida y calidad urbana, y que sirva para mejorar, integrar y por tanto reanimar en su conjunto a la zona Sur de Sabadell. El reto, que lo es, daría incluso para un concurso de urbanistas y arquitectos, y seria oportuno que bien mediante Incasol o la Dirección General de Vivienda, interviniera la Generalitat, que además aún debe tener terrenos en este espacio. No se trata de ninguna gran idea, y evidentemente ni lo pretende. Ojalá fuera simple sentido común.

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