La peste negra en el Sabadell del siglo XIV: Quedan huellas en el paisaje

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¿Cómo sería Sabadell de no haber sufrido la terrible peste negra? Sin duda, muy diferente. Tanto que tendría, seguramente, dos nucleos de población distantes entre sí, separados por el Ripoll enmedio, aunque formando parte de un mismo ayuntamiento. Un municipio dual como, aún siendo un caso diferente, Palau Solità y Plegamans en este Vallès. Allá el castillo y la parroquia. Y aquí, la villa de mercado, Sabadell, y otro poblado más rural, Arraona.

Al otro lado del Ripoll, entre el actual barrio de Torre-romeu y allá donde desde 1864 está el cementerio, habría aquel otro poblado que, además, sería el centro eclesiástico con la parroquia, la de Sant Feliu d’Arraona que hasta 1373 tuvo su sede en lo que después ha sido capilla o ermita de Sant Nicolau. Fue a causa de la peste negra que aquel otro nucleo, con sus casas e incluso calles, muy probablmente, se despobló y así se extinguió, hasta el olvido.

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En la bibliografía local, lo poco publicado al respecto no va más allá de aquellos “Elements d’Història de Sabadell” que en 1932 el primer gobierno municipal de la II República encargó a Miquel Carreras i Costajussà. Ni siquiera menciona la peste negra, que a mediados del XIV redujo la población del término a por lo menos la mitad, lo cual entraría en la media catalana, y tal vez la dejó en apenas un tercio, según apuntan estadísticas de la época, los “fogatges” que fueron base fiscal.

La peste negra determinó que la población se concentrara en el aquel entonces incipiente Sabadell, en torno a la Plaça Major que no hace ni un siglo convirtieron en Passeig, y a una iglesia en el lugar de la actual de Sant Fèlix, pero que entonces se llamaba Sant Salvador de Sabadell y en lugar de párroco, toda vez que éste estaba al otro lado del Ripoll, regía un “paborde” dependiente a su vez de los canónigos agustinos de l’Estany, en el Moianés.

En efecto así lo ven, desde que en 1976 pudo excavar de forma muy breve en Sant Nicolau, el arqueólogo Albert Roig y, con mayor convicción, su brillante discípulo Mn. Robert Baró, sabadellense de Ca n’Oriac, arqueólogo asimismo, presbítero y teólogo, que además fue secretario del cardenal Martínez Sistach, ahora es canónigo en la Catedral de Barcelona y director del Secretariado Diocesano de Arte Sacro y Patrimonio en el arzobispado.

“Aunque se deberían completar las excavaciones, está claro que en Sant Nicolau hubo un poblado y que si la parroquia se trasladó en 1373 a lo que desde entonces es Sant Fèlix de Sabadell fue por efecto de la peste negra. Trasladar la sede de una parroquia no es fácil, y hay muchos lugares donde la iglesia parroquial está a distancia de los nucleos de población. Este caso lo explica la peste negra”, entiende Mn. Robert Baró que precisamente investiga las paroquias medievales del Vallès, para su ya casi concluída tesis doctoral en Historia.

Así lo contó, hace apenas semanas, en la conferencia que vino a impartir en la Parròquia de la Puríssima Concepció, con el sugerente título de “Inicis del cristianisme a Sabadell”. Aún no había alarma por el coronavirus, desde luego en nada comparable a aquella peste negra, y el tema pasó con la atención debida a lo todavía inédito y a la historia eclesial como materia. Pero desde una visión más social, o incluso económica, habria elementos para ampliar el dato, incluso deducir de modo aproximado cuantos habitantes había en aquel otro poblado.

A diferencia de Arraona, topónimo de sonora raíz íbera como el de Tarragona o el de Aragón, Sabadell era relativamente nuevo, establecido poco después del año 1000 por los Ódena, feudales de Arraona, con la oportunidad de crear un mercado sobre un estratégico cruce de camimos y, también a efectos fiscales mediante cobro de diezmos, el beneficio a la iglesia, en este caso los canónigos agustinos de Santa Maria de l’Estany. Y el nombre de Sabadell se debe, no sólo según Joan Corominas, al apellido previo de algún vecino, parece ser que un hostalero, no al revés.

Pero la documentación básica a revisar seria, al caso, toda la relativa a la compra de la villa de Sabadell, con el castillo y término de Arraona, por parte de la reina Elionor de Sicília, en 1366. El importe corrió a cargo de los vecinos, en pleno estrago de la epidemia. Sabadell, en el “fogatge” de 1359 tenía aún 162 hogares, “focs”, y por tanto una población estimable de entre 810 y 628 habitantes. En el “fogatge” de 1455, un siglo después, se había reducido a 69 hogares, por tanto a entre 276 y 345 (se suele contar entre 4 o 5 vecinos por “foc”.

El organismo civil municipal, lo que se llamaba Universitat y sería el antecesor de lo que desde el siglo XVIII son los ayuntamientos, contaba en 1319 con tres prohombres, mediadores entre la población y las instituciones señoriales. La reina Elionor de Sicilia se convirtió en señora de Sabadell y Arraona en 1366. De aquellos tres prohombres, uno correspondía a Arraona y dos a Sabadell. Cabe suponer, por lo tanto, que el nucleo de Arraona contaba con unos 200 o 300 vecinos, mientras que el de Sabadell propiamente dicho entre unos 400 o 500.

Sabadell, precisamente, se amuralló durante la crisis de la peste negra. Así se lo ordenó a los sabadellenses, que tuvieron que pagar toda la obra de las murallas, el rei Pere III, llamado el Cerimoniós, en guerra contra su primo Jaume III de Mallorca, que poseía el Rosellón, y acto seguido, con Pedro I el Cruel, de Castilla, en la Guerra de los dos Pedros. Pero, además de militar, las murallas tenían valor fiscal. Podían servir para cobrar impuestos a las mercancias que entraban al mercado. Y asimismo sanitario, para cerrar la villa durante las epidemias.

El de las murallas, que han definido la configuración urbana de Sabadell en su nucleo urbano medieval y afectado a los ensanches del siglo XIX a la actualidad, sería otro efecto más de la peste negra sobre el paisaje. Los supervivientes de aquel otro poblado, Arraona, pudieron emigrar al de Sabadell, como bien hizo el rector de la parroquia. Por esta razón, también, la villa no acusó tanto el impacto demográfico de la peste negra como el resto de su término. Mantuvo más población, también a costa del despoblamiento de Arraona, el otro pueblo.

Además de la protección de las murallas, Albert Roig observa otra causa en el abandono de Arraona en favor de Sabadell. “Para trabajar tierras”, señala, “se necesitan unos mínimos de mano de obra, y en un entorno más o menos urbano es más fácil conseguirla o contratarla que en nucleos más pequeños, y ya no digamos diseminados”. En efecto, la peste negra dejó baldías grandes extensiones de tierras hasta entonces de cultivo, convertidas en pastos. Contribuyó a la ganadería, con el caso ejemplar del auge de las ovejas merinas en Castilla.

Si bien de un modo muy indirecto, y desde luego posterior, también afectó a Sabadell. El acceso a la lana merina, mediante redes de compra que desde Sabadell llegaban a Castilla y Extremadura, y en ello la figura de Pere Turull Sallent, figura entre los factores clave en la industrialización. En aquel otro momento, a partir de los 1830 y 1840, el textil local pudo acceder a los excedentes de lanas merinas en las regiones productoras, acaparados por la exportación en décadas anteriores. Pero esa sería ya otra historia, lejana a la de las pestes.

En las epidemias sucesivas y casi recurrentes hasta mediado el XIX con la del cólera en 1854, los portales de las muralles siguieron sirviendo durante siglos y siglos para evitar la entrada a forasteros, sospechosos de contagio, y asimismo para apartar de la villa a los enfermos o a quienes, aún sanos, se les ponía en cuarentena. Solían ser confinados en la ermita de la Salut, convertida así en “morberia”, y llamada de Sant Iscle y Santa Victoria hasta que en otra epidemia de peste, entre 1651 y 1652, sucedió el cambio de nombre.

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La aparición, desde luego milagrosa, de una imagen de la virgen, la de la Salud como por ello se la llamó de inmediato, animó las esperanzas de, mediante milagro igualmente, curarse o por lo menos protegerse ante las pestes y epidemias. Los votos, las imágenes halladas y los milagros en general fueron muy característicos de las piedades populares, siempre más o menos al margen de la iglesia oficial, que proliferaron durante la baja edad media y los tiempos del barroco. Y aquí, otra vez al otro lado del río, en lo que fue la remota Arraona.

El último de aquellos votos fue el instituido durante el cólera de 1854, y de allí la misa votiva del lunes del Aplec en la que en épocas el alcalde, y en otras algún elemento de mayor o menor representatividad ciudadana, ofrenda el cirio votivo de rigor. De haber sucedido la actual pandemia del coronavirus durante la postguerra, o incluso hasta las primeras décadas del siglo XX, porque el nacionalcatolicismo tuvo antecedentes tambien en el catalanismo católico, tal vez no faltarían ahora propuestas similares. Los tiempos han cambiado, cierto.

Como efecto más tangible, y en este caso sobre el paisaje, aquel cólera de 1854 animó la segregación, urbanización e inauguración, en 1864, del actual cementerio de Sabadell en “la plana de Sant Nicolau”. Esto es, el lugar de aquella antigua iglesia parroquial que la peste negra había despoblado cinco siglos antes, en su mayor estrago sobre el término municipal. La peste negra, en efecto, había marcado ya la escisión entre la ciudad de los vivos, el Sabadell que perdura, y la de la muerte y los muertos, al otro lado del Ripoll. Más que paisaje.

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