Ternura de extrarradio: “Baricentro”, la nueva novela de Hernán Migoya, el gran libro para hoy y siempre

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En el desaparecido Cinema Sabadell, donde Hernán Migoya visionaba sus primeras películas en pantalla grande, technicolor y sonido estéreo, frecuentemente se proyectaban españoladas con títulos tan chuscos como “Dormir y ligar, todo es empezar” o “Cristóbal Colón, de oficio descubridor”, cuya característica común era que todo el gracejo del celuloide, si lo tenía, se quedaba solo en el epígrafe.

En el futuro, hoy confinado presente, el destino ha castigado al autor de “Baricentro” a recordarle su título maldito “Todas putas” como obligado peaje para discernir sobre cualquier cosa que haga, diga o escriba. Pues a un servidor, que a principios de los años 90 le vio entrar en la redacción de Diari de Sabadell con expresión tímida y “cara de yo no fui” –como cantaba el mexicano Pedro Fernández, creador de memorables rancheras, que tanto gustaban al padre de Hernán-, no va a apelar a tan rancia e inquisitoria tarjeta de presentación porque, entre otras cosas, no le hace (puta) falta.

El talento, como el valor en la mili, no se le supone, es real. Y la prueba es este libro, libérrimamente autobiográfico, que ni por asomo representa una “cultura charnega” –que conjunción más horrible y supremacista, a sabiendas de donde viene-, pero sí aporta una ternura de extrarradio, esa que rezuma bondad porque se sobrevive donde hay poco, y de la que nunca se ha desprendido –por suerte- el colega Hernán Migoya. Esa ternura, tan límpida como emotiva, se respira intensamente desde la primera a la última hoja del libro, especialmente en sus referencias a papá, mamá y su hermano.

Su historia familiar puede parecer la de muchos, pero tal como la explica es única. Lo del título no es asunto baladí. Baricentro fue el primer gran centro comercial que abrió en el Vallès, y puso a Barberà en el mapa. Entonces Hernán era un niño de apenas 10 años y aquel gigantesco mosaico de tiendas, especialmente el Hogar del Libro y la sala de juegos recreativos, alentó su creatividad, manifestada en años venideros en ámbitos tan variados como el cómic, el periodismo, el cine y la literatura. Ciertamente, los pasajes de su niñez y adolescencia han sido comunes para muchos vallesanos, y tal como los retrata… diríase que vividos con idéntica fruición. Desde los Airgam Boys a Tintín, pasando por los libros de aventuras de Bruguera –Julio Verne, Emilio Salgari, Mark Twain, combinando tebeo y texto- a espacios televisivos para niños como “Érase una vez el hombre”, de pegadizos tarareos.

Ya más mayorcito, el cine entra en su vida, y sus visitas a Baricentro se amplían yendo a Yelmo, que es la empresa que opera el multisalas del centro comercial. Sin duda, el lector sabadellense o barberense apreciará en este libro un muestrario de guiños y localizaciones en plan exclusiva total. Por ejemplo, sus salidas nocturnas, casi siempre sin éxito, a las discotecas de Sabadell, y que ubica en sus periodos de entrepajas. Salen a la palestra míticos nombres del nomenclátor festivo local como Concor, Piú o Albatros, discoteca esta última donde participó en un concurso de playback imitando a su adorado Freddie Mercury, siendo maltratado por un insidioso jurado que no supo ver en él su belleza interior, y sí la belleza exterior de la choni que quiso ser Michael Jackson; pero la disco que a él le gustaba era el Mackintosh, el gran templo del pop español al que se accedía por una recreación de la puerta de Brandenburgo (¿Se daría cuenta de ese detalle?). En sus recuerdos musicales evoca también el italo-dance vallesano, refrendado por artistas periféricos como David Lyme (Jordi Cubino para los amigos), y que gracias a este libro reciben, con más de 30 años de retraso, el homenaje que nunca tuvieron.

La parte final de “Baricentro” se centra en su debut en el mundo del periodismo. Ràdio Barberà y Diari de Sabadell –donde aportó frescura y cultura urbana- constituyeron su primera rampa de lanzamiento y financiamiento, hasta que vino El Víbora con mejor veneno. Ese que verdaderamente le hizo flipar y que le animó a realizar mil y una historias, la mayoría con un punto gamberro. Hernán explica más cosas, pero cada lector se quedará con esta o aquella. Da igual cuál. Todas son potentes. Pero, eso sí, quienes siempre están presentes son papá y mamá. Da igual el paisaje o el paisanaje que se aborde. Ellos están siempre allí. Evocados y desnudados con indisimulado amor. Se llaman Marcelino y Martina. Ella tiene cáncer y él Alzheimer. Sí, compañero Hernán, son tus padres, pero gracias a tu libro ahora también son un poco nuestros.

1 COMENTARI

  1. Estos son los verdaderos cronistas de la vida catalana, los que ponen su talento al servicio de su verdad más íntima, la única auténtica, la de los descampados y el amor por la imaginación.

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