Video: Can Deu y el Ripoll parecen la Rambla: Los sadadellenses se reencuentran con el entorno natural

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Día estupendo, plena temporada de espárragos, aguas abundantes y limpias en los arroyos y torrentes de Ribatallada, que poco tienen que envidiar al de la Tosca (llamado Colobrers por simple ideología oficial) y, guardando las debidas distancias, multitudes en el Ripoll, Can Deu-Ribatallada. De camino, la célebre ruta del colesterol, con concurrencia digna de la Rambla y, además, madrugadora. Muchas ganas, y muchos espárragos por recoger.

La desescalada se ha convertido así en una fiesta viva y genuina. No hay para menos. Entre las señas históricas de la ciudad destaca la añoranza por el verdor agreste de las afueras, lo que impropia y asimismo ideológicamente llaman ahora “rodal”. Lo señaló el historiador italiano Gabriele Ranzato en el magnífico libro que hace más de treinta años dedicó al Sabadell del XIX, “La aventura de la ciudad industrial” (Editorial Península, 1988).

La nostalgia de quienes, en las fábricas y la ciudad, han sido segregados de los campos y los bosques“, vino a escribir en aquel libro que antes se publicó en Italia y en italiano. Lástima que muy pocos sabadellenses lo hayan leído. Puso fecha al origen de aquel sentimiento, en concreto la de 1845, año en el cual resurgió por ello el Aplec de la Salut y, en gran invento sabadellense, aparecieron los concursos pajariles, más verídicos que folclóricos

Aunqué quizá no tan histórico, el de hoy no es un dia menos entrañable, ni memorable. En Can Deu se han reencontrado los vecindarios de los barrios cercanos, hasta ahora encerrados en sus casas y poco más. Por inhóspitas, ni apetecía salir a las calles para lo imprescindible. Y el Ripoll, por algo más apartado del casco urbano, ha tendido más a punto de encuentro de runners y ciclistas, en otra sociología y otros medios, que a veces se mezclan.

Los saludos y lo de encontrar amigos y conocidos con quienes no siempre se coincide, un poco como en fiestas mayores, pero hoy con otra alegría. El “me alegro de verte, cúidate”, como fórmula de saludo, que si nunca es trivial, hoy mucho menos. Y además entre árboles, un sol espléndido y un estallido primaveral de los que no se dan todos los años. Se ha visto a la muerte, sufrida y cercana. Pero la vida no abandona, y hoy se celebra, espontáneamente.

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