Coronavirus y hacienda municipal: Crisis sobre crisis, o de la crisis económica y la social a la política

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La crisis del covid-19 alcanza, de modo incluso obvio, a la hacienda municipal de Sabadell. ¿Cuál es su impacto y cual tendrá en el futuro? No es una pregunta difícil de responder, en datos básicos por lo menos. Hay, y seguirá habiendo, gran presión sobre el gasto. Pandemia significa emergencia, con sus costes consiguientes. Y, asimismo, conlleva disminuciones en ingresos, a corto pero también a medio plazo, o incluso largo. Las dos caras de la moneda.

Por mucho que el gobierno municipal ha dado cifras al respecto, más puntuales que ciertas, su valor no pasa de indicativo. Por bien que se gestione, el impacto aumentará durante un tiempo, De momento, lleva gastados 1,3 millones a causa directamente de la pandemia y, para este ejercicio, prevee una reducción de entre 12,8 y 17 millones en los ingresos, según cuente los 6.7 millones que da por perdidos en la recaudación de los autobuses urbanos.

Los autobuses, ahora casi vacíos, gravan a la hacienda municipal. Sucede lo mismo con otros servicios que han dejado de tener demanda, y por tanto ingresos. Valga el ejemplo de las guarderías municipales, aunque su importe contable sea menor. También, y en otro efecto asimismo menor en las arcas públicas, las célebres tasas sobre terrazas de bares y similares. Suman, como todo, pero no son ni mucho menos lo más determinante en este panorama.

Lo peor está por venir. Llegará a medida que se vayan liquidando transferencias sobre los impuestos estatales: IVAs, IRPFs y los impuestos especiales, como las tasas del tabaco o el alcohol. Se trata de la mayor fuente de financiación del Ayuntamiento. Hacienda paga cada mes y, en razón de la posterior recaudación del Estado, anualmente reajusta cantidades. Si le ha pagado de menos, abona la diferencia, y si le ha pagado de más, se la reembolsa.

Ha habido veces en que al Ayuntamiento le tocó devolver dinero más que gastado. Resultó particularmente dramático en 2012. En plena crisis, en realidad la que desde 2008 no cesa, proyectó el espectro del colapso sobre la hacienda municipal. Causó gran cuchillada en la columna del “debe” y además un pertinaz rasurado en la del “haber”. Desde entonces, por ejemplo, las luces de las calles brillan menos y se encienden durante menos tiempo.

No se trata sólo de recordarlo, sin más. Advierte, asimismo, que la crisis no es nueva, ni en España ni en otros lugares de Europa. Tampoco en la hacienda municipal de Sabadell, con ella la gestión política de la ciudad y, por tanto, las vidas de los sabadellenses en la parte que les corresponde. Los efectos económicos del covid-19 la agravan, si acaso, en el giro súbito propio de una pandemia. Llueve sobre mojado, y con drenajes todavía insuficientes.

Desde 2010, por ir a otro ejemplo, el Ayuntamiento no ha construido infraestructuras de una cierta entidad. Las últimas fueron la Pista Coberta de Sant Oleguer, el Pavelló del Nord y, poco antes, la rehabilitación del Principal. Y, hasta fines de este mandato anterior, apenas ha adquirido bienes. Las compras consistieron en parte de la fábrica Artèxtil y de la manzana entera en lo que fue la histórica La España Industrial, edificio mal llamado Sallarès Deu.

No baila, solamente, el presupuesto municipal para este año, a rehacer desde abajo, en los ingresos, y hasta arriba, los gastos. Las circunstancias obligan a replantear desde cero toda la actuación política para este mandato, hasta las próximas elecciones, tanto en contenidos como en finalidades y estrategias. La economía, tal como la define el diccionario, se ocupa de recursos limitados. Lo infinito y eterno solo se da en las religiones, como cuestión de fe.

La hacienda municipal deberá asumir mayores cargas en acción social, aún por estimar. El de poner cifras a demandas existentes y previsibles es ahora un ejercicio imprescindible, y seguramente en curso aunque de momento no conste. También hay que atender, y mucho, a la menos visible educación, en otro de los frentes donde el covid-19 va abriendo brechas. Y, por fundamental, la política fiscal y, no tan sólo por ella, la de promoción económica.

Esta crisis debería imponer un giro radical en cultura, tratada de modo aberrante por este y anteriores gobiernos municipales. En plena catástrofe del covid-19, precisamente, Marta Farrés y su concejal del ramo, Carles de la Rosa, ponen la guinda con su afán por programar una fiesta mayor al gusto y poder, más que de nadie más, de entes folclóricos las más de las veces, sobrevenidos y sobredimensionados, que de su nombre viven y con ella se lo cobran.

La cultura es más que la cabalgata de reyes o la fiesta mayor. Como forma de convivencia, es o debe serlo también de conocimiento, creatividad y, en consecuencia, fuente de riqueza material, asimismo. Pasa por actuar más allá de los folclores, sus ideologías y populismos. Toca dar valor a los museos y a las programaciones artísticas, también en géneros populares con el bienentendido que sin artistas profesionales tampoco hay referencias para aficionados.

Sabadell no es ni debe ser una colonia fabril, donde aficionados y entidades se entretengan a si mismas y, además, le agradezcan el favor al amo. Lo fue en la postguerra, en lo peor del nacionalcatolicismo. De ahí viene, incluso a veces con mayor protagonismo, buena parte de la célebre red asociativa. Cada cosa en su lugar. Lo contrario sería como pretender que el Instituto de Paleontología, ciencia básica, esencial, se resolviera a base de aficionados.

El medio ambiente, o la movilidad y en ella el urbanismo a su vez, vivienda incluida, también tienen valor en la creación de riqueza, social antes que particular. Si se trata de salir de la crisis económica, agravada por la sanitaria del covid-19, aquí hay otro frente estratégico. El Ripoll o Can Deu, la construcción de la Ronda Nord y todo el sistema de rondas, o el fin de la Gran Vía como autopista urbana, son proyectos a no demorar, y menos por la pandemia.

Y, faltaría más, queda la cuestión de la sanidad, respecto a la cual figura que el Ayuntamiento carece de atribuciones. Pero aunque así fuese, que tampoco, el Consistorio está obligado a hacer valer las necesidades de la ciudadanía y a aspirar, por lo menos, a la mejor atención posible. Además, buena parte del patrimonio del Taulí fue antes propiedad de la ciudad, y el Ayuntamiento ha aportado dinero para inversiones como la ampliación de urgencias.

Todo ello es política. Los partidos deben resolverla, debatirla y decidirla con voz propia, no solo escuchando la de otras entidades e instancias, colectivos ciudadanos o, si los hubiera y los hay, grupos de intereses. Y todo ello se expresa, y sobre todo determina, en las cantidades y las partidas del capítulo de gastos, en los presupuestos. En tiempos de crisis, la responsabilidad es todavía mayor, tanto como insuficientes son y seguirán siendo los ingresos y recursos.

De lo contrario, corresponderá calificarlo de crisis política. No ha llegado, afortunadamente, y cabe conjurarla de buen principio. Se combate con debate abierto, leal y transparente, y se resuelve con acuerdos, consensos y decisiones, firmes y viables. Aunque suene tal vez a un tópico, es lo que hay y esto lo que se precisa. Quizá se dirá que, en tiempos pasados, diversos, no fue lo que prevaleció en el Consistorio. Da igual. La crisis de ahora es otra: Vida o muerte.

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