Los abuelos forman parte consustancial de nuestra añorada infancia.

Nos transmiten experiencias vitales. Nos trasladan con lucidez y sabiduría consejos.

Nos dan con serenidad enseñanzas enriquecedoras.

Su legado no se debe dilapidar ni menospreciar.

Tampoco su generoso e incondicional afecto y cariño a sus nietos con el que los arropan.

El indigesto despecho de la cantante Shakira se ha convertido en una agria secuencia de áspera venganza.

La última canción contiene una estrofa en la que desea la muerte de su exsuegro.

Facturando, poniendo voz y música, es denostable, recita la cantante, “No hay mal que cien años dura, pero ahí sigue mi suegro que no pisa sepultura.

Con rima forzada, pues lo correcto es que “no hay mal que cien años dure”. No el empleo del adjetivo dura, sino dure, del verbo intransitivo durar.

No hay crueldad más intolerable que dejar por escrito la muerte de un abuelo.

Antes de engendrar ese repudiable arrebato vengativo alguien debía hacerle reflexionar sobre la intocabilidad de los respetables y venerables abuelos.

Su responsable de comunicación, si es que lo tiene, debería haberle persuadido y disuadido.

Algún día, los nietos, hijos de la resentida vengativa, se lo reprocharán.

La venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena.

Mientras tanto, me resulta harto difícil entender que se baile al compás de una conjura macabra.

José María Torras Coll

Sabadell

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